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Radicalización y desigualdad: ¿dos caras de la misma moneda?

¿Cómo es el ambiente ideal para la aparición de la radicalización? ¿Cómo reaccionan los jóvenes a estas influencias? ¿Cómo influye el islamismo en los movimientos de extrema derecha y viceversa? El proyecto DARE investiga estas y muchas otras cuestiones.

Sociedad

La radicalización ha sido un problema político importante en Europa a lo largo de los últimos dos decenios. En Europa, se clasifica básicamente en dos formas principales. La primera es el islamismo y la segunda, y más generalizada en los últimos cinco años más o menos, son los perniciosos movimientos de extrema derecha que amenazan los cimientos mismos de nuestras sociedades abiertas y multiculturales. Se podría pensar que ya tenemos una idea bastante buena de cómo son los ambientes ideales para la aparición de estas dos formas opuestas de radicalización, pero lo cierto es que aún no sabemos demasiado o sencillamente tenemos una idea equivocada. «Carecemos de investigaciones empíricas sobre los entornos de radicalización y tampoco sabemos por qué la mayoría de los jóvenes no se radicalizan en estos entornos», explica Hilary Pilkington, catedrática de Sociología en la Universidad de Mánchester y coordinadora del proyecto DARE (Dialogue About Radicalisation and Equality). «Queríamos colmar estas lagunas, así como influir en el debate sobre cómo interactúan los procesos de radicalización y generan efectos acumulativos».

Resultados prometedores y tendencias interesantes

Aunque aún falta un año para poder desvelar todos los hallazgos del proyecto, ya ha producido un conjunto de publicaciones reveladoras. En lo que respecta a la cuestión del vínculo entre desigualdad y radicalización, el proyecto realizó una revisión sistemática de estudios empíricos y análisis de datos existentes. «Demostramos que la relación entre ambos factores depende del país, del tipo ideológico de radicalización y de la forma de radicalización (cognitiva o conductual). La conclusión es que la desigualdad socioeconómica no predice la radicalización de forma sistemática», afirma Pilkington. «Por otro lado, puede que las dimensiones subjetivas de la desigualdad sociopolítica, como la injusticia o la discriminación percibida, tengan una función más importante». El estudio de los entornos de radicalización también arroja luz sobre unas tendencias interesantes. Tomemos como ejemplo las redes sociales. El equipo del proyecto solo encontró pruebas limitadas de llamadas a la acción extremista. De hecho, estas llamadas tienden a pasar desapercibidas en los esfuerzos de moderación y control de contenido realizados por las fuerzas de seguridad y los canales de redes sociales. «Se observan otros puntos comunes entre las diferentes narrativas. Es más probable que las llamadas sean contra algo que a favor de algo. Reflejan una identidad colectiva bajo amenaza y tratan al Estado, a los medios de comunicación y al sistema educativo como una entidad única que contribuye o no hace frente a esta amenaza. Consideran que la historia cultural o la religión son la base de un nuevo orden social, burlándose de la élite gobernante, por ejemplo», añade Pilkington.

Unas suposiciones desafiantes

Desde un punto de vista etnográfico, actualmente el proyecto está trabajando, en total, con unas trescientas cincuenta entrevistas y diecinueve estudios de caso. Aunque aún se están preparando los informes finales, algunos datos de estudios de caso concretos cuestionan lo que se supone sobre la naturaleza «cerrada» de la mentalidad extremista. Por ejemplo, algunos encuestados del Reino Unido procedentes de entornos «islamistas» y de «extrema derecha» se reunieron en un proceso constructivo y positivo de diálogo arbitrado. Esto ha ofrecido excelentes temas de reflexión a la hora de elaborar unas intervenciones fundamentadas en la lucha contra el extremismo violento. «Basándonos en esta investigación, elaboramos una lista de verificación para la evaluación de la integridad del programa de desradicalización (DPIEC, por sus siglas en inglés) para ayudar a los responsables políticos a evaluar el impacto probable de sus programas existentes o previstos. También se puede usar para diseñar programas desde cero», comenta Pilkington. El conjunto de herramientas se ha sometido a extensas pruebas y se presentará oficialmente en otoño de 2020. Una vez finalizado, DARE debería aumentar el creciente reconocimiento de la radicalización como una cuestión social, en lugar de considerarla tan solo un fenómeno relacionado con la seguridad. La mayor esperanza de Pilkington es que, en algún momento, los jóvenes puedan desempeñar un papel significativo en las iniciativas dirigidas por la comunidad a fin de hacer frente al odio y los prejuicios, sin importar de dónde surjan.

Palabras clave

DARE, radicalización, desigualdad, extrema derecha, islamismo, juventud

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