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Un grupo de investigadores analizan formas de cambiar la previsión de futuro para Oriente Próximo y África del Norte

Si los acontecimientos de los últimos diez años sirven de algún indicio, el futuro de Oriente Próximo y África del Norte (la región MENA) pinta negro y lúgubre. Sin embargo, la investigación llevada a cabo en el marco del proyecto MENARA pretende recordarnos que, con voluntad política suficiente, pueden materializarse otros escenarios de futuro más prometedores.

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© MidoSemsem, Shutterstock

El proyecto MENARA (Middle East and North Africa Regional Architecture: Mapping Geopolitical Shifts, Regional Order and Domestic Transformations) ha dedicado los últimos tres años a analizar los factores que impulsan el cambio del orden regional de la región MENA y las implicaciones de dicho cambio en Europa. El proyecto, finalizado recientemente, señala los posibles escenarios para 2025 y 2050 y ha identificado las oportunidades para romper con el pasado.

El doctor Eduard Soler, investigador experimentado del CIDOB y coordinador científico de MENARA, habla sobre las oportunidades que presentan los hallazgos del proyecto.

Los expertos no pudieron predecir los últimos acontecimientos como la Primavera Árabe y el alza del Estado Islámico. ¿Cuáles cree que son los principales factores que provocaron tales niveles de imprevisibilidad?

MENARA describe una situación en la que los conflictos regionales proliferan y se entrecruzan, en la que distintos agentes locales, regionales y mundiales tienen voz y voto y forjan alianzas líquidas entre ellos. Acontecimientos repentinos y puntuales pueden cambiar radicalmente el panorama geopolítico, por ello es fundamental estar atentos a estos hechos, medir su repercusión y, si es posible, intentar anticiparse a ellos.

Aunque no podamos predecir cuándo tendrá lugar una acción militar o una protesta y evaluar su repercusión, sí que podemos identificar algunas tendencias que conforman la región y seguirán haciéndolo. Le daré un ejemplo: el deterioro medioambiental, junto con el crecimiento demográfico y la mala gobernanza (en concreto en lo que respecta a la corrupción) son el caldo de cultivo del malestar de la población y la desestabilización.

¿Cuál fue el método de MENARA para la identificación de estas tendencias?

Necesitábamos examinar simultáneamente tres niveles de análisis. En el nivel nacional, debemos entender cómo evolucionan las relaciones entre el Estado y la sociedad y qué fuerzas impulsan el conflicto o la cohesión. A nivel regional, queremos entender la dinámica de los conflictos regionales y las prioridades de las principales potencias regionales. También examinamos los procesos que contribuyen a una mayor fragmentación de la región (por ejemplo, el Magreb depende cada vez más de África), pero también todos los elementos que contribuyen a mantener o aumentar la interconexión entre las diferentes subregiones y los conflictos regionales (como el fenómeno de los combatientes extranjeros).

Por último, nos centramos en el nivel mundial. Hemos investigado el papel y las estrategias de las potencias mundiales, el efecto de un orden mundial cuestionado en esta región en particular, la integración de la región en las tendencias mundiales (la energía, la militarización o el cambio climático son ejemplos muy claros), pero también cómo corre el riesgo de convertirse en periférica si sus Estados y sociedades siguen centrándose en los riesgos a corto plazo en lugar de abordar los desafíos a largo plazo, como la digitalización.

Creemos que para entender cuál es la situación de la región en este momento y cómo puede evolucionar, necesitamos incorporar los tres niveles de análisis.

¿Cuáles diría que son los hallazgos más importantes del proyecto, especialmente con respecto a los escenarios futuros más probables?

Cuando se piensa en el escenario más probable, el enfoque habitual es proyectar las tendencias actuales, y el resultado es bastante preocupante. Esto implicaría mayores niveles de fragmentación y conflicto, mayores efectos de las rivalidades mundiales y las tendencias mundiales como el cambio climático.

Sin embargo, el papel de las técnicas de prospectiva es explicar que existen futuros alternativos. MENARA describe este escenario preocupante, pero también nos fijamos en los posibles elementos de cambio y en los espacios de oportunidades. El hecho de que puedan ser menos probables no significa que sean imposibles.

La comprensión de que la descarbonización es imparable, por ejemplo, podría producir la necesidad de reconsiderar los modelos económicos, sociales y políticos. África podría verse como una oportunidad, el empoderamiento de la mujer es una realidad y una esperanza en toda la región, y también podemos pensar en procesos en los que las sociedades trascenderían las divisiones sectarias o los agentes internacionales, regionales y locales para impulsar un programa de reconciliación.

¿Cómo puede la Unión Europea (UE) impulsar mejor estos escenarios alternativos?

El primer paso es comprender que el futuro de la región tendrá una gran repercusión en Europa y viceversa. Si la UE pudiera superar sus actuales crisis y divisiones, podría desempeñar un papel más constructivo. A diferencia de los Estados Unidos o China, Europa no puede desentenderse de la región, debido a su proximidad geográfica y sus vínculos sociales.

El segundo paso se refiere a la identificación de riesgos y vulnerabilidades para ir más allá de un enfoque de contención. Por último, la UE debe comprender que existen oportunidades y que se pueden aprovechar. Las técnicas de prospectiva podrían ser de gran ayuda, especialmente al combinarlas con un buen conocimiento de las dinámicas sociales y políticas de la región.

Creo que MENARA tiene algunos mensajes principales que deben tenerse en cuenta. Por ejemplo, decimos que interpretar la región desde la perspectiva de una división sectaria no solo es inexacto, sino que también podría conducir a recetas políticas erróneas y contraproducentes. También señalamos la necesidad de que la UE integre mejor las preocupaciones de las poblaciones.

Según nuestros hallazgos, el autoritarismo no se considera una solución, sino más bien un riesgo, lo que significa que la UE nunca debería renunciar a la defensa de los derechos humanos y a trabajar con la sociedad civil, especialmente porque es el único agente importante que parece dispuesto a hacerlo.

Asimismo, debería trabajar con los Estados y las sociedades para abordar mejor los problemas relacionados con el deterioro medioambiental y las transformaciones tecnológicas, así como apoyar las dinámicas que pudieran conducir a la región hacia un futuro más prometedor: la juventud, las mujeres y el diálogo son tres elementos que han pasado a primer plano en nuestra investigación.

Si mira atrás, ¿cree que el método del proyecto podría haber ayudado a la UE a afrontar mejor los importantes cambios que se han producido en la región en los últimos años? ¿De qué manera?

Sí lo creo. A diferencia de los responsables políticos, los investigadores no son rehenes de la inercia institucional, nos resulta relativamente más fácil pensar a largo plazo y podemos ser más flexibles a la hora de contactar con distintos agentes en toda la región.

Cuando miro hacia atrás, lamento que la mayoría de los líderes de la UE no se dieran cuenta de que la región importaba hasta 2015, cuatro años después de la Primavera Árabe. ¿Y por qué 2015? Porque sufrieron las consecuencias de la inestabilidad en forma de refugiados o ataques terroristas y se dieron cuenta de que esto podría desestabilizar a sus propios gobiernos y al propio proyecto europeo.

Para empeorar las cosas, la reacción fue entonces —y hasta cierto punto sigue siéndolo— centrarse en las amenazas a corto plazo. Así es como la estabilización se convirtió en el mantra y algunas fuerzas regionales y exteriores trataron de asimilarla con la frustración del cambio y la necesidad del autoritarismo. En lugar de sembrar las semillas del descontento y el conflicto futuros, necesitamos sembrar las semillas de la reconciliación, la transformación y la esperanza.

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