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¿Habrán vislumbrado el futuro los canadienses?

Imagínese un mundo donde el agua se haya convertido en un producto de primordial importancia, donde las fuentes energéticas de combustibles fósiles casi se hayan agotado y la atención al medio ambiente haya devenido una necesidad vital. Ese es el escenario que uno tiene que co...
Imagínese un mundo donde el agua se haya convertido en un producto de primordial importancia, donde las fuentes energéticas de combustibles fósiles casi se hayan agotado y la atención al medio ambiente haya devenido una necesidad vital. Ese es el escenario que uno tiene que concebir si participa en un proyecto energético internacional que tardará varias décadas en cristalizarse. El éxito de uno de los proyectos científicos de mayor duración, el de fusión del Reactor Experimental Termonuclear Internacional, ITER, dependerá en gran medida de las proyecciones que se puedan hacer en la actualidad sobre su inserción en un mundo futuro, diferente.
Es aquí donde la imaginación de Peter Barnard entra en juego. El Sr. Barnard es el presidente y director ejecutivo de ITER-Canada, un consorcio canadiense en el que participa una organización sin fines de lucro, que recibe apoyo del gobierno federal canadiense, el sector privado, y diferentes organizaciones locales y laborales. En los últimos tiempos, el Sr. Barnard ha estado tratando de ganar el favor de Europa para el plan de ITER-Canada de establecer el centro de investigación sobre la fusión, ITER, en Ontario. Según el programa del proyecto, las ofertas para la sede de ITER deberán presentarse antes de abril de 2001 y la ubicación del proyecto tendrá que decidirse antes de finales del año siguiente. ITER-Canada presentará en breve una manifestación formal de interés al Comisario europeo de Investigación, Philippe Busquin.
Los antecedentes son sencillos: ITER, en opinión del Sr. Barnard, es un proyecto que está al mismo nivel de algunos de los más importantes e innovadores proyectos del pasado. Podría ofrecer una fuente de energía sostenible, segura y renovable a un mundo que, para el momento en que el proyecto empiece a dar resultados, la va a necesitar.
Debido a su aplicación global, desde el principio la naturaleza del proyecto ha sido internacional, lo que, por otra parte, ha constituido también un factor de freno. El proyecto tuvo que reducirse, debido a las subidas y (sobre todo) a las bajadas económicas de sus participantes. Estados Unidos, Rusia, Europa y Japón colaboraban en los planes de desarrollo de ITER. Sin embargo, Estados Unidos decidió abandonar el proyecto y la economía japonesa entró en una etapa de depresión de la cual aún no ha salido. Como resultado, Europa y Rusia han tenido que cargar con la responsabilidad. Desde el punto de vista económico, esto puso en peligro al proyecto. En lugar de tirarlo por la borda, se decidió continuar con una versión reducida del mismo, ITER-FEAT.
Canadá ha estado trabajando en un segundo plano, durante los últimos años, con la idea de obtener la sede de ITER-FEAT, pues cuenta con dos emplazamientos que reúnen muchas de las condiciones necesarias. De tener éxito, tal vez uno de los primeros pasos que dé será cambiar el nombre del proyecto por otro más atractivo. El Sr. Barnard cree que el nombre de ITER-FEAT no tiene mucho gancho: "Tenemos que cambiar la imagen. Nadie parece estar de acuerdo en que ITER-FEAT funcione. Los periodistas serían los primeros en burlarse de un nombre como ese".
Los canadienses tienen una posición ventajosa para que se les conceda la sede y lo saben. Como Japón es el único otro país que ha ofrecido emplazamientos alternativos, Canadá tiene las de ganar por varios motivos. De los tres lugares que ha propuesto Japón, uno se encuentra en el área de Tokaimura, donde el año pasado ocurrió un accidente nuclear, y los otros dos están en zonas muy remotas que, en opinión de los comentaristas, tienen muy pocas probabilidades de éxito.
Canadá ofrece dos emplazamientos, Darlington y Bruce, ambos en Ontario, situados, respectivamente, a 60 y 200 kilómetros de Toronto. Además, el componente vital del tritio, requerido para el proyecto de ITER-FEAT, se almacena in situ en Darlington. Las preferencias por el lugar ideal también se ven matizadas por consideraciones relativas a la calidad de la vida. Si se percibe que el lugar es atractivo, será mayor la cantidad de científicos de diferentes partes del mundo que querrán trabajar allí. Canadá, en virtud de contar con una de las sociedades más multiculturales del planeta y por ser un país donde el inglés es una de las lenguas maternas, le lleva una gran ventaja a Japón, incluso antes de entrar en consideraciones sobre las características de los emplazamientos individuales.
Por otra parte, además de contar con alrededores agradables y con un componente esencial in situ, la oferta canadiense gana puntos adicionales debido a su proximidad a Estados Unidos (el hecho de que el proyecto esté a la vuelta de la esquina podría constituir un gran incentivo para que EEUU se reintegre al mismo), a la ventaja de que Canadá no suele ser víctima de terremotos (algo de lo que Japón no puede vanagloriarse) y a que sus emplazamientos ya cuentan con una infraestructura de servicios locales (que los de Japón carecen, lo que, sobre todo debido a los altos precios nipones, podría traducirse en unos mil millones de dólares adicionales al coste de la candidatura japonesa).
Otro aspecto clave es el acceso a sistemas de navegación. Ambos emplazamientos canadienses están situados cerca de lagos importantes, Darlington del Ontario y Bruce del Huron. Por último, y también de gran importancia, la fusión es uno de los ámbitos que pueden ser controlados por el organismo regulador nuclear canadiense, algo que sucede en muy pocos países. Además, ITER-Canada lleva más de un año colaborando con este organismo.
Los canadienses también han tenido que sortear una serie de obstáculos. En 1997, estuvieron a punto de tener que desistir porque el gobierno canadiense anunció que no seguiría financiando la investigación sobre la fusión. Según el Sr. Barnard, esto se debió a consideraciones presupuestarias, pues se esperaba contribuir así a la reducción del déficit gubernamental. Afortunadamente para él, hace poco el gobierno cambió de opinión. "El gobierno nunca se opuso a la fusión; era una cuestión económica," plantea Barnard. Probablemente también ha sido el aspecto económico lo que les ha hecho reconsiderar su posición. Debe haber tenido peso la perspectiva de imponer nuevos impuestos, de crear más empleos y de situar a Canadá a la vanguardia de uno de los mayores y más prestigiosos proyectos científicos del mundo. Hasta la fecha, lo único que el gobierno canadiense ha tenido que hacer ha sido expresar su apoyo a la oferta de ITER-Canada, pero a medida de que el proceso de licitación avance, tendrá que incrementar su participación y poner mayores recursos a la disposición de ITER-Canada.
Queda por decidir quién financiará al proyecto de ITER, aspecto que será determinante para su desarrollo. Originalmente, se planeaba que un tercio del presupuesto proviniera de Japón, un tercio de la Unión Europea y un tercio de la combinación de Rusia, Estados Unidos y Canadá. Ahora es posible que esto cambie. La contribución comunitaria sólo se decidirá cuando se implemente el VI Programa Marco. El importe de la contribución japonesa tal vez dependa de si se les otorga o no la sede. Y las contribuciones de Canadá, Rusia y EEUU deberán revisarse de acuerdo a lo que suceda con las otras dos. Según las últimas estimaciones, si Canadá gana la sede, su contribución podría ser de hasta un 25 por ciento y la de Rusia de un 10 por ciento.
Esta cuestión, además de la localización del emplazamiento, podría resultar vital a la hora de dividir las diferentes líneas del proyecto. Como señala el Sr. Barnard, "Esta tecnología no deberá ser patentada, este no es un ámbito de marcas registradas. Ya se han invertido unos 35 mil millones de dólares en tratar de lograr el éxito en la fusión y se ha contado con la contribución de más de 30 países". Por otra parte, a pesar de que no deja de ser noble el objetivo de que el proyecto tenga un carácter multinacional, es probable, según admite el Sr. Barnard, que esto haya incidido en que el proceso se haya hecho más lento. En su opinión, tal vez se podría haber avanzado más si la naturaleza del proyecto hubiera sido nacional.
Su tarea actual consiste en convencer a los principales actores de los demás países involucrados. Por ese motivo, ha visitado Bruselas, Washington, Londres, Moscú y Tokio con mucha frecuencia. En Bruselas, se ha reunido con miembros del Parlamento Europeo y de la Comisión. El proyecto también se debatirá durante las reuniones bilaterales de Canadá y la UE, previstas para mayo y junio.
Al preguntársele a una fuente de la Comisión sobre la motivación de Canadá, fue al grano: "Ante todo, los beneficios. Han observado el proyecto JET en Inglaterra y han notado como el 70 por ciento del capital ha ido a parar a la economía local, a través de empleos, contratos, etc. Pero también están sinceramente interesados en que Canadá desempeñe un papel más global en la fusión". Esto es algo que probablemente el Sr. Barnard tiene en mente casi todo el tiempo.
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