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La desaparición de especies merma la resistencia frente al cambio climático

Cada vez que desaparece una especie se produce una pérdida trágica. Ahora un nuevo estudio indica que las repercusiones de tales pérdidas pueden ser mucho más graves de lo que se pensaba. Las relaciones de simbiosis que se desarrollan en el medio ambiente a raíz de una gran bi...

Cada vez que desaparece una especie se produce una pérdida trágica. Ahora un nuevo estudio indica que las repercusiones de tales pérdidas pueden ser mucho más graves de lo que se pensaba. Las relaciones de simbiosis que se desarrollan en el medio ambiente a raíz de una gran biodiversidad contribuyen a que los ecosistemas sean más resistentes frente a eventuales cambios. La desaparición de una especie puede desequilibrar el ecosistema al socavar su resistencia y hacerle más susceptible a fenómenos como el cambio climático. Estas son las conclusiones de un estudio realizado por biólogos de la Universidad de Gotemburgo (Suecia) y publicado en la revista Ecology Letters. Los efectos del cambio climático probablemente sean mucho más graves si viene acompañado de la pérdida de especies, aseguran los investigadores. Su estudio, recién divulgado, sugiere que la riqueza de biodiversidad sirve a modo de «póliza de seguros» tanto para la naturaleza como para la sociedad, dado que incrementa las probabilidades de que al menos algunas especies resistan los cambios sufridos por el entorno y mantengan funciones importantes como la purificación del agua y la polinización de los cultivos. «Se trata del mismo principio que rige en el caso de una cartera de inversión: es muy arriesgado jugárselo todo a una misma carta», declaró el biólogo investigador Johan Eklöf. Los autores realizaron experimentos en praderas de Zostera marina ubicadas en rías someras de la costa occidental de Suecia. Éstos revelaron que el cambio climático puede agravar los efectos ya de por sí negativos de perder especies sensibles y también que el mencionado efecto de «póliza» de la biodiversidad puede ser más débil de lo que se suele creer. Dichas praderas constituyen importantes hábitats naturales de cría del bacalao, pero desde principios de la década de los años ochenta se ha reducido drásticamente su presencia en el litoral de Bohuslän. Este fenómeno se atribuye en parte a la eutrofización, la respuesta de un ecosistema cuando se le añaden nutrientes tanto artificiales como naturales. La eutrofización favorece la aparición de capas de algas filamentosas perjudiciales por cuanto ensombrecen y asfixian la Zostera marina. La disminución del bacalao en esta zona ha motivado en parte que se dispare la cantidad de peces depredadores de menor tamaño. Estos, a su vez, han mermado la población de Gammarus locusta, un voraz crustáceo herbívoro que suele controlar el crecimiento de las algas filamentosas. Esta clase de efecto de cascada es cada vez más frecuente no sólo en los mares y océanos del planeta, sino también en tierra firme, en relación a lo cual conviene recordar la gran cantidad de depredadores erradicados por la caza y la pesca. Lo más preocupante para estos investigadores es que, tanto la teoría como sus observaciones apuntan a que estos efectos podrían magnificar las consecuencias del calentamiento global, que favorece a plantas tolerantes al calor pero sensibles al pastoreo como las algas filamentosas. En el Puesto de Investigación Marina de Kristineberg del Fiordo Gullmar, perteneciente al Centro Sven Lovén de Ciencias del Mar, investigadores del Departamento de Biología y Ciencias Medioambientales de la Universidad de Gotemburgo han creado ecosistemas en miniatura en acuarios al aire libre para investigar de qué manera los eventuales calentamiento y acidificación del océano podrían influir en el equilibrio entre Zostera marina y algas filamentosas. Sus resultados fueron sorprendentemente claros e inequívocos: la diversidad de herbívoros alimentados por algas determinaba en qué medida el ecosistema se vería afectado por el calentamiento y la acidificación. En palabras de Eklöf, que dirigió el estudio: «Si la diversidad era elevada, ni el calentamiento ni la acidificación producían efectos apreciables, puesto que las algas se consumían antes de que llegaran a crecer lo suficiente para ensombrecer la Zostera marina. En cambio, cuando simulamos simultáneamente los efectos de la pesca y eliminamos el efectivo pero vulnerable herbívoro Gammarus locusta, las algas pasaron a dominar el ecosistema, sobre todo en las condiciones más cálidas.» Los autores consideran que estos resultados son motivo suficiente de preocupación. Eklöf añadió: «La mayoría de las medidas de gestión se basan en la suposición de que podemos permitirnos la pérdida de las especies más sensibles porque otras más resistentes ocuparán su lugar. Pero esto podría no cumplirse en los cambios climáticos futuros, ya que podría disminuir la eficiencia neta de las especies resistentes, aunque no resulten afectadas de manera directa.» Pese a todo, los investigadores matizan que aún hay esperanzas si la sociedad se decide a intervenir. «Si protegemos la biodiversidad local que nos queda y recuperamos la diversidad perdida, por ejemplo protegiendo las poblaciones de peces depredadores en las zonas litorales y reducimos la carga de nutrientes, es probable que logremos incrementar la resistencia de los ecosistemas frente al cambio climático.»Para más información, consulte: Centro Sven Lovén de Ciencias del Mar: http://www.loven.gu.se/english/(se abrirá en una nueva ventana) Ecology Letters: http://eu.wiley.com/WileyCDA/WileyTitle/productCd-ELE.html(se abrirá en una nueva ventana)

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