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La ciencia que explica por qué acabamos enfrentándonos a nuestros compañeros de trabajo

Un estudio analiza por qué pasar mucho tiempo con los compañeros de trabajo puede afectar a la salud mental.

Podría pensarse que, cuando un grupo de personas se ve obligado a convivir en un entorno remoto y hostil, los vínculos entre ellas tienden a fortalecerse de forma natural. Sin embargo, convivir con las mismas personas día y noche puede generar muchas más tensiones de las que resuelve. Un equipo internacional de investigación liderado por la Universidad de Zúrich (Suiza) ideó una estrategia singular para demostrarlo. Durante diez meses, los investigadores llevaron a cabo un seguimiento de doce integrantes de una expedición a la Antártida para observar cómo evolucionaban sus relaciones interpersonales. Sus descubrimientos se acaban de publicar en la revista «Proceedings of the National Academy of Sciences»(se abrirá en una nueva ventana).

Estudio de las relaciones humanas en el laboratorio más extremo de la Tierra

La base Concordia, una instalación de investigación ubicada en la Antártida, se encuentra entre los lugares más remotos del planeta y registra temperaturas invernales de hasta –80 °C. Las condiciones extremas que se experimentan en ella, que mantienen a la tripulación aislada del mundo exterior durante meses, la convierten en un entorno perfecto para estudiar situaciones comparables a las futuras misiones a la Luna o a Marte. El equipo de investigación aprovechó esta oportunidad única para estudiar las consecuencias psicológicas y sociales del aislamiento prolongado mediante sensores portátiles y encuestas. El personal de la base estaba compuesto principalmente por investigadores franceses e italianos de distintas edades y con perfiles académicos diversos. Cumplimentaron cuestionarios psicológicos estandarizados y llevaron puestos sensores que registraban sus contactos interpersonales diarios. Los sensores registraban con precisión de forma automática cuándo y durante cuánto tiempo permanecían unos cerca de otros. De este modo, los investigadores pudieron analizar las interacciones sociales sin interferir en las actividades desarrolladas en la base. En el estudio se evaluaron los efectos de la convivencia en un espacio reducido sobre el rendimiento del equipo. Para ello, se analizaron factores como la soledad, los pensamientos paranoicos, la cohesión del grupo, los conflictos internos y el rendimiento individual.

El roce no siempre hace el cariño

Los resultados del estudio revelaron que compartir el mismo espacio todo el tiempo no mejora necesariamente las relaciones dentro de un equipo. Por el contrario, los integrantes de la base que pasaban más tiempo juntos eran también los más propensos a discutir, dejar de confiar entre ellos y percibir un deterioro del rendimiento laboral. Los datos de los sensores revelaron que la proximidad forzada e inevitable constituía por sí sola una fuente importante de estrés. «En equipos pequeños sometidos a condiciones extremas, un mayor contacto no se traduce sistemáticamente en apoyo social; de hecho, puede aumentar las tensiones», comentó Jan Schmutz, profesor titular del Departamento de Psicología, en un comunicado de prensa(se abrirá en una nueva ventana). A medida que pasaban los meses de aislamiento, la cohesión social inicial fue debilitándose. Los integrantes de la base comenzaron a relacionarse en grupos más pequeños y estables, formados en torno a afinidades lingüísticas o culturales, para sentirse en un entorno más familiar. Aunque convivían y trabajaban codo con codo todos los días, la desconfianza entre ellos fue aumentando. También se observó un patrón claro: cuanto más tiempo pasaban juntos, más tendían a discutir. Los autores del estudio explican los mecanismos que hacen que esos sentimientos se manifiesten de forma tan negativa. Cuando las personas permanecen durante mucho tiempo en un espacio reducido, la presencia constante de los demás deja de percibirse como una fuente de apoyo y puede convertirse en una carga. La falta de privacidad durante meses puede hacer que las pequeñas manías de los demás y los detalles más insignificantes de la convivencia adquieran una importancia desproporcionada. De repente, las interacciones normales y cotidianas se convierten en un caldo de cultivo para fricciones, suspicacias, pensamientos paranoicos y agotamiento mental. «Los resultados destacan la importancia de identificar las dinámicas sociales desde el principio y ofrecer a los equipos un apoyo específico y adaptado», concluyó Schmutz.

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